miércoles, 15 de agosto de 2012

8) El chico que solo quería ser respetado y admirado


Valeria siempre me dice que mi actitud es pura pose y que nada más lo hago por "caretear" (¿todavía se usa esa palabra?). Es curioso porque me decían lo mismo en el colegio. Se equivoca Valeria y se equivocaron los pelotudos de mis compañeros, pero entiendo que hayan pensado eso. Yo también conocí a gente que adopta una pose, o dice y hace cosas solo para llamar la atención, para "caretear" (en serio ¿se usa? me siento una boluda). Pero, bueno ¿acaso no hacemos eso todos? Fingir, decir algo para quedar bien, poner una cara para que te respeten, usar cierta ropa, escuchar cierta música, mirar ciertas películas. Y cuando sos un pendejo boludo eso se nota más. Se entiende: hay que sobrevivir, hay que definir la personalidad. A nadie le gusta ser uno más. Por eso es difícil guardar un secreto: la gente se siente importante dándolo a conocer.



Hache llegó al colegio. Todavía no era hora de entrar a las aulas. Ese era el momento que más odiaba. Ese y los recreos. Al menos en el aula simplemente tenía que sentarse, prestar atención a la maestra o hacer de cuenta que le prestaba atención y nadie se fijaba en él. Pero fuera del aula estaba a la deriva. Tenía que simular para que nadie se diera cuenta que era un espécimen raro, solitario y despreciable. Se unió a un grupo de compañeros que hablaban a los gritos. Al parecer, los temas que trataban eran "las minas", los autos, una banda de música que no le sonaba para nada, cierta fiesta que había tenido lugar durante el fin de semana, otra fiesta que se estaba preparando, un programa de televisión que en su puta vida había visto y más minas. Todos hablaban, todos al mismo tiempo, con entusiasmo, peleándose por tener el protagonismo. Mientras tanto él observaba en silencio, con las manos en los bolsillos, medio apartado, sintiéndose un fantasma. Por momentos le daban ganas de intervenir y decir algo interesante, algo que hiciera que los demás notaran su presencia y lo respetaran y se dieran cuenta que no era tan distinto a ellos, es más, que era mejor. Pero no decía nada. Comprendía que, en el fondo, no tenía nada interesante para decir, al menos nada que a sus compañeros pudiera interesarles. A simple vista su actitud parecía la de alguien que no necesitaba a nadie a su alrededor, alguien que consideraba al resto seres inferiores que no se merecían su atención. Sin embargo no era así. Hache ansiaba darse a conocer. Ser uno más con la masa y al mismo tiempo estar por encima de todos. Ir a sus fiestas pero no para perderse en la multitud sino para que todos se pusieran a su alrededor a admirarlo. Pero también era muy orgulloso. No iba a mendigar atención. La idea era que se acercaran a él, no al revés. Y como eso nunca pasaba, se llenaba de odio y se encerraba más en sí mismo, deseando con fuerza el momento de regresar a su casa con los programas, las bandas y las películas que sí le interesaban. Pronto dejó de estar tan solo. Al fin y al cabo había otros como él en el aula. Desechos menospreciados por los normales, por los "populares" como dicen en las películas yanquis. Pablo y  Valentín eran sus amigos. No, en realidad no eran "amigos", solo eran dos con los que se juntaba para no estar tan a la deriva. En el fondo él también los menospreciaba. Pablo le parecía un maricón que no se hacía respetar y Valentín tenía buena relación con los populares, por lo tanto era un traidor en potencia  que en cualquier momento podía pasarse de bando para burlarse de él. Pasó el tiempo y Hache siguió sintiendo esa necesidad de ser admirado y respetado. Continuó parándose alrededor del grupo de los populares, con el deseo inútil de que lo integraran mientras hablaban de las minas, los autos y esa banda que había empezado a escuchar tratando de averiguar qué podía tener de genial. Entonces, un buen día, o más bien, un día nefasto, sus escasas esperanzas desaparecieron por completo. Quiso decir algo interesante, ingenioso, pero le salió mal y se burlaron de él. No fue tan grave pero para Hache era el mundo explotando en mil pedazos. Lo peor fue que Valentín, el traidor en potencia, resultó ser el primero en ridiculizarlo y reírse en su cara. Ah, pero qué odio que sintió. Un odio infinito contra todos, especialmente contra ese hijo de mil puta inferior que había osado burlarse gratuitamente de su persona. Luego comprendió. No había sido gratuito. Valentín, a su manera, también quería encajar, ser admirado y respetado, y la única forma que conocía era esa: hacer lo que hacían todos, en este caso, ridiculizar al que estaba solo. Y si bien comprendió, no perdonó. Si hubiera sido un guerrero de la Antigüedad, habría jurado venganza en el altar de los dioses. No hizo falta. Bastaba con ver a Valentín todos los días para acordarse de lo que había hecho y saber que no descansaría hasta verlo sufrir y así saldar la deuda. ¿Y cómo vengarse? Esa era la pregunta. Y le daba más rabia saber que él también era un cobarde, un "maricón" igual que Pablo, porque cualquier otro en su lugar simplemente se hubiera dirigido a Valentín y le habría bajado todos los dientes a puñetazos para luego patearlo en el suelo y producirle hemorragias internas. Fantaseaba en su cuarto. Asesinó a Valentín mil veces en su imaginación, como Nevada Tan, la nena japonesa que salió en todas las noticias por no perdonar una ofensa y degollar a su amiga. Pero él nunca se iba a animar a hacer eso. Es más, Valentín seguía juntándose con él, hablándole como si nunca hubiera pasado nada y Hache, tan cobarde como era, le seguía la corriente. Se odiaba a sí mismo por eso. No era respetado, ni admirado, no podía ejecutar una simple venganza, no podía hacer nada. La ansiedad lo comía y la única forma que había encontrado de aliviarla  era fantasear con violentos asesinatos que dibujaba en clase. Un buen día - un día hermoso y extraño -  Sabrina se le acercó. Sabrina era rara, rarísima. No se daba con nadie pero todos la respetaban y admiraban. Jamás decía una palabra, pero cuando hablaba, todos se callaban. Eso Hache no lo entendía ¿Cómo hacía? ¿Cuál era su secreto? Sabrina era totalmente distinta a las chicas populares pero también a las antisociales que se oponían a las populares. Estaba por su cuenta y nadie nunca osaba meterse con ella, ni burlarse, ni reírse. Y acá estaba, interesándose por él, por Hache, que no hacía ni bien ni mal. Se hicieron amigos. Enseguida formaron un bizarro grupo junto con Valentín y Pablo, pero Hache sabía que Sabrina se interesaba únicamente en él. Empezó a enamorarse y un día se lo dio a entender, pero Sabrina lo mandó a la mierda. No le importó. La respetaba y admiraba. A Sabrina le gustaban los dibujos que hacía Hache. Era oscura, misteriosa, morbosa. Tenía un aire gótico pero ella misma se encargaba de aclarar que no era gótica. Sabrina era ambigua, le interesaba lo sobrenatural, las fuerzas oscuras, la sangre y los monstruos. Un día tuvieron una larga charla. Hache le confesó su más oscuro secreto: quería vengarse de Valentín. Y Sabrina, que hacía mucho que quería iniciarse en el mundo de los rituales y las invocaciones, lo convenció: había que transformar a Valentín en un monstruo. Un monstruo horrible, que tuviera que arrastrarse y comer mierda para sobrevivir. Un monstruo al que sus propios padres rechazarían. Un monstruo débil al que las autoridades encerrarían en un laboratorio para estudiarlo, hasta que muriera de tristeza y soledad. Hache escuchó a Sabrina, se dejó llevar, fantaseó, dibujó y dijo que definitivamente había que hacer eso, que era la mejor venganza jamás planeada, mucho mejor que un simple asesinato. Sabrina había dedicado mucho tiempo al estudio de lo oscuro. Se encerraba en su cuarto, ponía música, muchas veces música clásica, y se ponía a leer sobre el tema en Internet. No le interesaba otra cosa. Entraba a foros, a chats, a wikis, intercambiaba opiniones y leía tutoriales. Finalmente, seleccionó el ritual que más la convencía. Hache se encargó de convencer a Pablo de participar. No fue difícil, después de todo no era más que un cobarde sin principios que buscaba la aprobación de quién fuera. Lo hicieron. Hache se sintió culpable, como si hubiera cruzado una línea demasiado lejana. Sabrina en cambio, era muy feliz: había cruzado esa línea hacía rato. Pero el ritual salió mal. Valentín no se convirtió en un monstruo débil destinado al desprecio y a la más solitaria de las muertes. En lugar de eso, se convirtió en un monstruo sediento de sangre que no se iba a detener por nada, que se iba a hacer cada día más poderoso. Un monstruo al que ahora tenían la obligación de detener.

lunes, 27 de febrero de 2012

7) Intercambiemos secretos


Durante los primeros meses del 2006 las peleas entre mis viejos se fueron haciendo cada vez más comunes y más espectaculares. En cierta manera, era bastante gracioso ver cómo empezaban. Un comentario cualquiera, la mirada más intrascendente, o simplemente el amor al arte eran suficientes para prender la mecha y que todo se fuera a la mierda. Gritos, insultos, objetos voladores, imitaciones burlonas, rotura de elementos, golpes mutuos, todo eso se había vuelto lo más normal del mundo en mi casa, y cuando no pasaba nada, cuando había "tranquilidad", el clima tenso que se respiraba era tan insoportable que una no sabía con qué quedarse. Lo peor eran las cenas. Sentarse a la mesa era todo un sufrimiento. No se sabía en qué momento se iban a empezar a putear por cualquier boludez y, cuando lo hacían, yo les alejaba los cuchillos por miedo a que hicieran algo que nos pusiera a todos en los noticieros. Por suerte, había muchos días en los cuales los dos pasaban varias horas fuera de casa. Ahí sí tenía un poco de paz. Pero esa paz tampoco duró mucho porque mis encuentros con extrañas criaturas también fueron aumentando. Una vez desperté en medio de la noche y una luz muy fuerte salía desde abajo de mi cama. Otra vez vi claramente cómo algo que parecía ser un tipo se arrastraba en el extremo de un pasillo hasta desaparecer detrás de una pared. Tres veces escuché que alguien susurraba mi nombre justo en mi oído. Dos veces, en vez de ser susurros, fueron gritos ahogados que sonaron desde otra habitación. En tres oportunidades sentí que me destapaban en la noche y hubo otra vez que me agarraron los tobillos tratando de arrastrarme. No entendía qué pasaba. Siempre había tenido una vida más o menos normal ¿ y de repente me convertía en el nenito de Sexto Sentido? Se me ocurrió que tal vez nada de eso era real y solo me estaba volviendo loca. La idea me dio miedo ¿Enloquecer? ¡Lo único que me faltaba! Para colmo, no lo podía hablar con nadie (bueno, iba a ser medio difícil hablarlo con alguien sino salía nunca de mi cuarto, pero ése es otro tema). Un día me harté. Me harté de mis padres y sus peleas de mierda y me harté de ver y escuchar cosas raras. Agarré mis "pertenencias" y me fui a pasar una temporada con mis abuelos. Creí que al fin iba a tener días tranquilos. No fue así. Los monstruos me siguieron. Ahí fue cuando me desesperé. Pensé que todo estaba perdido y la única salida que se me ocurría era el suicidio. ¡Sí! Nunca hablarlo con alguien, nunca pedir ayuda. Cortarme las venas, ésa era mi solución (ya en ese entonces era una tremenda boluda). Pero entonces, algo pasó. Algo que iba a cambiarlo todo. Nunca me voy a olvidar de esa calurosa siesta. Por alguna razón (seguramente mi cara de depresiva) mi abuelo supo que "algo me estaba pasando" y se sentó a hablar conmigo. Nunca había tenido demasiado contacto con él, así que de algún modo me daba vergüenza su presencia. Digamos que mi amiga y "cómplice" era mi abuela. Mi abuelo simplemente estaba ahí pero nada más. Era muy bueno conmigo y todo eso pero ninguno de los dos sabía nada del otro. Me preguntó qué me pasaba y adivinen qué le respondí. "Nada". Insistió y para dejarlo conforme le dije que me ponía mal que mis viejos se pelearan (lo cual era cierto pero ya estaba acostumbrada). No se conformó: mi abuelo sabía que había algo más.

- Lo que tenés es un don. - me dijo como si nada.

Yo pensé que el viejo se había puesto new age y que me estaba hablando de "el don de la vida" o algo así.

- ¿Qué cosa? - le pregunté - ¿Estar viva?

- No, boluda: ver cosas.

Me causó gracia su respuesta ¡Me había dicho "boluda"!

- ¿Qué cosas? - le pregunté sin poder creer a dónde se estaba dirigiendo la charla.

- Ya sabés qué cosas... cosas ocultas... monstruos.

- Pero... ¿Y vos cómo sabés eso?

- Porque yo también las veo. Es hora de que aprendas el oficio de tu abuelo.


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Todavía no entiendo bien cómo pasó pero de bien que estaba en la pieza con los pendejos, mostrándoles la muñeca para ganarme su confianza - y su miedo - me encontré volando por el aire, lanzada por una fuerza descomunal, y terminé aterrizando sobre una mesita de vidrio, que estalló en mil pedazos. Creo que me impresionó más el estruendo que hizo mi cuerpo al estrellarse que el golpe en sí. Me levanté lo más rápido que pude y vi lo que esperaba ver. Ahí estaba el ser de color negro y ojos brillantes, presentándose por segunda vez en la noche luego de haberse reflejado en el espejo. Tenía una forma extraña: parecía una sombra en tres dimensiones. Enseguida pude observar que tenía a Valentín entre sus manos. El chico no se movía. Me asusté. ¿Lo había matado? No, solo estaba paralizado por el miedo. Los otros tres chicos miraban la escena emocionados y aterrorizados. El monstruo, al ver que yo ya estaba de pie lista para enfrentarlo, parecía dudar. De repente, Hache empezó a gritarle:

- ¡Dale, llevátelo! ¡Dale!

El monstruo lo miró. Hache dio un paso hacia atrás, intimidado. Entonces me di cuenta de lo que iba a pasar.

- ¡Corré, Hache! ¡Salí de ahí! - le dije.

Pero el monstruo tenía unos movimientos increíblemente rápidos. Agarró al chico y, con los dos pendejos en su poder, se fue a gran velocidad, casi como si corriera por las paredes, rumbo a la habitación de Hache.

- Parece que se va a llevar a los dos... - dijo Sabrina con esa sangre fría que tanto me incomodaba.

Además de tener la adrenalina por las nubes, yo tenía las bolas por el piso (no literalmente). Ya me habían pegado dos veces en lo que iba de la noche y como que era mucho. Ahora me tocaba a mí. Abrí mi mochila. Sabrina se acercó a mirar como la perfecta morbosa que era. Saqué uno de los objetos más valiosos que me había dado mi abuelo en esos días del 2006 durante mi "entrenamiento" y yo también me fui para la planta alta. Sabrina me siguió. Tuve miedo de que fuera demasiado tarde pero no, el monstruo todavía estaba. Parecía como si buscara algo en una de las paredes. ¿Tal vez una salida? No le iba a preguntar. Le dije "hola", se dio vuelta y le disparé. Al recibir el impacto hizo un ruido raro, una especie de rugido grave, y al tiempo que soltaba a los chicos, terminaba en el techo, casi como estampado. Le volví a disparar pero lo esquivó y se lanzó para atacarme.

- ¡Agáchense! - les dije a los chicos y volví a disparar.

Le di de lleno. Voló algunos metros y se estrelló contra un ropero, pero, veloz como era, la mierda se recuperó rápidamente, se metió al mueble y desapareció.

- ¿Vieron? ¡No pueden confiar en un monstruo! No pueden "marcarle" a quién se tiene que llevar y a quién no. ¡Quiere llevarse a todos! ¿Se van a dejar de romper las pelotas ahora?

Hache y Valentín apenas me prestaban atención. Estaban bien pero muertos de espanto. Sabrina se acercó impresionada. Lo único que le importaba era mi arma, una vieja pistola del siglo XIX.

- ¿Qué es eso? No dispara balas... ¿De dónde la sacaste?

- No se dice "balas", se dice "municiones". Y claro que no las dispara ¿Cómo vas a enfrentarte a un bicho como éste con una pistola común y corriente?

- Pero ¿Es una pistola? ¿O qué es?

- Es un equipo de protones.

- ¿Qué?

- ¿Nunca viste los Cazafantasmas?

- ...

Pendejos de mierda. En fin, estaba claro que el peligro no había pasado. No podía vencer a ese monstruo si no sabía su origen y sus características, pero los chicos no estaban dispuestos a hablar. Estaba recuperando el aire cuando me fijé que me faltaba uno:

- ¿Y Pablo? ¿Dónde está Pablo?

- Se quedó abajo - respondió Sabrina.

Bajé corriendo. Pablo no aparecía. Lo llamamos. Lo busqué por todos lados. No había señal. Miré a Sabrina. Sonreía. Sonreía como la hijita de puta que era.

- Se lo llevó, niñera. Ya no hay nada que hacer. Y te digo algo: vamos a empezar a caer uno a uno a menos que le demos lo que realmente quiere. - y señaló a Valentín.

- Pero...

- Y no me importan tus trucos, ni tus pistolas, ni tus muñequitas. Te dije que planificamos esto por semanas y no vamos a parar.

Me dirigí a Valentín.

- ¿Oíste? ¡Te quieren ver muerto! Yo te quiero ayudar. ¡Tirame un centro! ¿Me vas a decir qué fue lo que hiciste?

Valentín luchaba contra su conciencia. ¿Qué tan terrible sería ese secreto como para no querer contarlo aún cuando su vida estaba en peligro? Cerró los ojos con fuerza, se mordió los labios, se golpeó la frente con la palma de la mano y al final habló:

- ¿Querés que te lo diga? Bueno: Me está empezando a gustar la carne fresca.

- ¿Qué?

- Hace unas semanas maté y me comí al perro de Pablo. Dos días después le arranqué una mano a un amigo nuestro y también me la comí. ¿Sabés por qué? Porque poco a poco me estoy transformando en un monstruo. ¿Querés ver?

Levantó las dos manos y de repente le surgieron unas terribles garras.

- Me imagino que a Wolverine sí lo conocen. - dije como para no perder la costumbre.

La noche iba en camino a ser muy larga.

jueves, 9 de febrero de 2012

6) ¿Quién sos?


Fue solo por unos segundos, Tal vez cinco. Aquel ser de color negro nos observó a través del reflejo del espejo y después desapareció por entre las sombras de los muebles.

Me quedé un instante sin palabras. No era la primera vez que me tocaba vivir algo así, pero esto tenía un extraño toque perverso. Esos chicos habían traído al monstruo por su propia cuenta. Justamente eso era lo que más me inquietaba: el hecho de que querían tenerlo ahí, bajo el mismo techo, paseándose por las habitaciones.

-Pendejos de mierda ¿Qué hicieron? - dije desesperada.

Los chicos me miraban asustados. No podían creer lo que habían visto. Aunque, en realidad, Hache y Sabrina sonreían nerviosos. En cierta forma, habían logrado lo que querían.

-¿Por qué sonríen? ¡Acaban de invocar a un monstruo! ¿No se dan cuenta?

-Sabemos perfectamente lo que hicimos - dijo Sabrina - Y si no te hubieras metido, ya habríamos terminado.

La cabeza me daba vueltas. Estaba viviendo una horrible pesadilla. Me di cuenta que era inútil discutir o razonar con esos enfermitos y les dije que teníamos que abandonar de inmediato la casa. Fuimos hasta la puerta. Quise abrirla pero estaba totalmente cerrada. Una fuerza extraña me lo impedía.

-Ah, bueno, esto es genial. Bloqueó la puerta. Estamos atrapados - dije nerviosa.

-¿Qué? ¡Noo! Yo me voy de acá como sea - dijo al borde del llanto el pendejito que había sido amordazado.

Enseguida agarró una silla, la tiró con fuerza contra una ventana y, para el asombro de todos, rebotó sin romper el vidrio. Mientras se reía, Sabrina dijo:

-Bloqueó todas las salidas. No nos va a dejar ir hasta llevarse lo que quiere.

En ese momento, empezamos a escuchar unos extraños ruidos en la planta alta, como si golpearan las paredes. Los chicos estaban cada vez más exaltados. Casi orgullosos de lo que habían hecho. Supe que tenía que apurarme y armar un plan porque las cosas corrían el riesgo de irse bien a la mierda. Pero para eso, tenía que averiguar cómo y porqué los pendejos habían traído a ese monstruo.

Nos fuimos al cuarto de los padres de Hache y los hice sentar a todos al borde de la cama mientras yo me quedaba de pie en posición amenazante.

-Escúchenme bien, pendejos. No creo que se hayan dado cuenta de la cagada que acaban de hacer ¿Se creen capos por haber invocado a ese bicho? ¡Nos va a matar a todos!

-¿Te pensás que somos boludos? Ya le marcamos a quién se tiene que llevar. Nosotros estamos a salvo. - respondió Hache.

-¿Llevar? ¿Llevar a dónde?

Hache no me respondió. Solo me miraba con una sonrisa de hijito de puta.

-Bueno, basta. Necesito saber todo ¿Cómo te llamás vos? - le pregunté al chico que había sido secuestrado.

-Valentín.

-Bueh, con ese nombre no me extraña que te hayan agarrado... ¿Y por qué querían sacrificarte estos enfermos?

-No sé.

-¿Pero los conocés? ¿Son tus amigos?

-Vamos al mismo colegio.

-¿Y cómo no vas a saber por qué te quisieron entregar a ese bicho?

Valentín me miraba con su mejor cara de boludo.

-¿Nada? ¿Ninguna idea? - insistí.

-No, no sé nada.

Entonces pasó algo extraño. El amigo de Hache y Sabrina, el más callado, el de la cara de asustado, pareció explotar ante tanta presión y gritó:

-¡Si sabés!

Me sorprendí por su reacción ¿Qué carajo ocultaban todos estos pendejos? De inmediato lo empecé a interrogar.

-¡Aah! Eso me interesa ¿Cuál es tu nombre?

-Eh... Pablo.

-Dale, contestame, Pablo ¿Por qué eligieron a Valentín como víctima de su ritual?

Pablo dirigió su mirada a Sabrina y a Hache. Los dos le decían "no" con la cabeza.

-No te voy a decir nada más. - me dijo Pablo medio avergonzado.

Los nenes habían hecho un pacto de silencio. Hasta la misma víctima, Valentín, sabía más de lo que decía ¡Era increíble! Me empecé a frustrar. Tomé aire y conté hasta diez antes de empezar a repartir sopapos.

-Escúchenme, hijitos de una gran... digo... chicos: En este momento esa porquería anda suelta por la casa y no sabemos en qué momento nos va a venir a buscar, así que ¿por qué no se dejan de romper las pelotas y me dicen todo lo que saben?

-¿Y para qué? - dijo Sabrina de repente - ¿Para cazarlo? Jaja ¿Quién se supone que sos? ¿Harry Potter? Ya está, niñera. Tuviste la mala suerte de estar en el lugar y en el momento equivocados. Lo mejor que podés hacer es quedarte en un rincón tomando helado y esperar a que todo termine rápido.

Pendejita de mierda ¡Hasta se daba el lujo de gastarme! Pero entonces me di cuenta de algo. Tenía que ganarme a Sabrina. Estaba claro que le gustaba lo oculto, lo misterioso y lo extraño, y a mí, si hay algo que me sobra, es justamente eso.

-¿Quién se supone que soy me preguntás? Te voy a mostrar quién se supone que soy.

Abrí mi mochila, metí la mano y saqué una muñeca. Una muñeca de trapo, gastada, sin pelo en la cabeza, deforme, bastante fea. Los pendejos comenzaron a mirarla extrañados hasta que la muñeca abrió la boca. La cara de susto que pusieron los cuatro casi me hace reir.

-¿Qué es eso? ¿Está viva? - preguntó Hache muy nervioso.

Yo sonreía satisfecha. Entonces Sabrina, con una mezcla de intriga y preocupación, pero sin dejar de lado su habitual actitud desafiante, me miró a los ojos y preguntó:

-¿Quién sos?

-Soy el terror de los monstruos, pendeja.

domingo, 22 de enero de 2012

5) A todos nos gustan los detalles


El origen del miedo, del horror, o como lo quieran llamar, está en los detalles. Por ejemplo, que te cuenten que acuchillaron a alguien a lo mejor no te produce nada pero enterarte que al hundirle el cuchillo en el abdomen las tripas se escaparon de su interior junto con algo de mierda y cayeron al piso, ahí te quiero ver.

En el verano del 2006 me la pasaba encerrada. No salía con amigos (¿qué amigos?), no hacía actividades, no iba al campo, no un carajo. Prácticamente no salía de mi habitación. Me la pasaba leyendo, escuchando música y mirando películas y series. Era una decisión que yo misma había tomado y no me importaba quedar como una "autista" ante mis padres y el resto de la gente. Es más, en cuanto escuchaba un "tenés que salir más", "aprovechá tu juventud, tenés 14 años" y ese tipo de basura, me encerraba todavía más y hasta me daba cierto placer decepcionarlos a todos. Y la verdad es que me encantaba vivir entre esas cuatro paredes. Ahí tenía todo lo que necesitaba. Y cuando mis viejos se ponían a gritar muy fuerte y a tirarse cosas, me ponía los auriculares, subía el volumen de la música hasta que me dolieran los oídos y listo. Había veces en las que me quedaba sola en casa durante largas horas. Esos eran los momentos más felices. No, no me ponía a bailar en bolas en el living pero sentía una libertad y un alivio indescriptibles. Podía hablar sola. Cantar por encima de una canción sonando en la PC. Putear a los gritos. Cosas que jamás hubiera hecho (ni antes ni ahora) en frente de otras personas. Pero hubo una noche en la que, en lugar de estar sola, hubiera deseado estar rodeada por un montón de gente, ya fuera en una fiesta o en un velorio. Estaba en mi habitación, sumergida en mi habitual mundo de anime, series yanquis y música oscura cuando se cortó la luz. La peor mierda del mundo. Tener 14 años, ser una antisocial consumidora de entretenimiento, estar sola en medio de la noche ¡y no tener luz! Lancé una puteada al aire y por unos segundos no supe qué hacer. Al final decidí ir a la cocina en busca de algo comestible.
Nunca me dio miedo la oscuridad. Ni las tormentas, ni los bichos. Mis miedos de adolescencia tenían más que ver con relacionarme con la sociedad. Crucé el comedor en dirección a la cocina sin necesidad de linterna ya que conocía la ubicación de todos los muebles y no había peligro de quebrarse el dedo chiquito del pie con alguno (andaba descalza). Llegué a la cocina, abrí la heladera, manoteé algo y me encaminé de nuevo para mi pieza. Volví a caminar por el comedor y de repente mi pie descalzo pisó algo. Instintivamente di una suerte de salto tratando de esquivarlo. Era algo duro, delgado, con pelos. Por un momento pensé que era la cola de una rata o de algún bicho similar. Me puse contra una pared. Me odié por no haber llevado una linterna. Estaba nerviosa. Me encontraba en medio de la oscuridad compartiendo espacio con algo que parecía ser un roedor. Traté de agudizar la vista ¿Qué mierda había ahí? No podía creer la absurda situación en la que me encontraba ¿Cuántas veces se había cortado la luz en medio de la noche estando yo sola en casa? Un montón. Y sin embargo, ahora la cuestión se volvía inquietante, perturbadora. Arrinconada contra la pared, deseé con todas mis fuerzas que la luz regresara. Y entonces, mi deseo se hizo realidad, pero solo por dos segundos. Dos segundos que alcanzaron de sobra para ver lo que había pisado. Frente a mí, a solo dos metros de distancia, estaba de pie y sin moverse un ser de color piel, de no más de un metro de altura, con algunos pelos sobre su cuerpo, parado sobre sus dos patas, con brazos que llegaban hasta el piso, con una larga cola (la que yo había pisado), y con ojos que me miraban fijamente. Sí, dos segundos me bastaron para ver todos sus detalles. Pero hubo un detalle más. El detalle definitivo que transformó la sorpresa en miedo: su rostro ¿Por qué? Porque por más que al pisarle la cola en la oscuridad (y luego al verlo), me había parecido que era una especie de roedor, su rostro tenía inexplicables rasgos humanos. ¿Rasgos dije? Era la cara de una persona, concretamente, el rostro de un niño. Un niño que me miraba. La luz se volvió a apagar. Volví corriendo a la cocina. Rápidamente busqué con mis dedos un cuchillo. Estuve a la espera de lo peor durante unos interminables minutos hasta que la luz volvió. El ser de color piel, con pelos, cola y cara de persona ya no estaba.

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-Escuchame, nena, por favor soltá ese cuchillo - le dije a la pendeja mientras seguía sosteniendo el repasador floreado contra mi cabeza tratando de parar la sangre.

-No me digás "nena" ¿Sabés? Y tampoco me pongas apodos. Soy Sabrina - me respondió llena de enojo.

-Bueno, está bien.... Sabrina, escuchame, lo que están haciendo está muy mal, es un grave error, pero todavía tienen tiempo de parar.

-¿Y vos qué sabés qué estamos haciendo?

En ese momento se escuchó un estruendo. Sabrina y el otro pendejo se sobresaltaron y al instante aproveché mi oportunidad. Le quité el cuchillo a la pendeja y la empujé con el pie casi como si le diera una patada. Cayó al suelo y corrí nuevamente en dirección a la planta alta. De ahí había venido el estruendo. Al llegar arriba me invadió un mareo terrible. No era para menos teniendo en cuenta el tremendo golpe que me habían dado en la cabeza. Estaba a punto de entrar de nuevo a la habitación cuando vi a Hache salir corriendo de ella de forma desesperada. Pasó a mi lado sin hacerme caso y bajó por las escaleras a gran velocidad. Sorprendida, entré sin perder tiempo. El pendejo seguía sobre la cama, atado y amordazado. Las luces titilaban y el piso temblaba. Sin pensar desaté al chico y los dos nos fuimos corriendo de ahí. Bajamos las escaleras y nos reunimos con los otros tres chicos que miraban impresionados toda la escena. Podíamos escuchar cómo la pieza seguía temblando y cómo se rompían las cosas que caían desde las repisas al suelo. Pero enseguida todo ese caos terminó. El temblor se fue y volvió el silencio.

-No puede ser... arruinaste todo - me dijo Hache con frustración al ver que había liberado a su víctima.

-¡Yo sabía que esto iba a pasar! ¿Para qué vine, para qué vine? - se lamentaba de forma histérica el otro pendejo, el que tenía el palo.

Sabrina no decía nada, solo me lanzaba una mirada llena de furia asesina. El chico que había salvado tampoco decía nada pero se lo veía totalmente asustado. Por mi parte yo estaba nerviosa pero sobre todo muy mareada. Necesitaba sentarme pero no quería bajar la guardia ante todos esos pendejos dementes.
Entonces un espejo grande que estaba cerca de la escalera llamó mi atención. Me acerqué lentamente hacia él para examinarlo de cerca. Los chicos notaron mi intriga y me siguieron. Pronto, el reflejo de los cinco apareció sobre él. Observé la imagen durante unos instantes.

-¿Qué pasa? - preguntó Hache.

Me puse el dedo en la boca indicándole que se quedara en silencio. Continuamos mirando nuestro reflejo por unos segundos hasta que todos los pendejos lanzaron ese suspiro corto tan característico de la sorpresa mezclada con el miedo: detrás de nosotros acababa de aparecer el reflejo de un ser extraño, de color negro, con ojos brillantes.

-Ahí está ¿Eso es lo que querían? - dije mientras a mí también me invadía el miedo.

sábado, 7 de enero de 2012

Capítulo 4: Viernes a la noche

Llegué a las 21:10. Toqué la puerta de la casa. Desde adentro se alcanzó a escuchar que alguien preguntaba "¿Quién es?".

-Agencia de acompañantes - dije.

-¿Quién?

-La niñera, flaco.

Se abrió la puerta y apareció un chico como de mi edad, todo de negro, con los ojos delineados, producido como para un remake de Thriller. Una especie de emo, dark, gótico o alguna de esas cosas. Parecía sorprendido de verme.

-¿Vos sos la niñera?

-Sí ¿Por qué? ¿Me esperabas disfrazada de enfermera o policía?

-Eh... no, no esperaba a alguien tan joven.

-Ay, gracias ¿Siempre sos tan tierno? - respondí mientras entraba a la casa y una sola palabra me venía a la mente: boludo importante. Bueno, dos palabras.

La cosa era así. Los padres de éste payaso estaban de viaje por todo el fin de semana por lo que él se iba a quedar solo todo ese tiempo junto con su hermano, un pendejito de 10 años. Pero éste payaso no estaba dispuesto a malgastar su viernes a la noche cuidando al hermanito. En lugar de eso se iba a ir a tocar con su banda.

-No es mi banda, estoy reemplazando al violero, pero si hoy me va bien, capaz que quedo fijo. - me aclaró.

Lo miré con la cara más inexpresiva del mundo y se dio cuenta que sus aclaraciones no me importaban en lo más mínimo.

El flaco ya se tenía que ir así que apuramos el proceso. Me dijo que el hermano estaba en su pieza, en la planta alta, junto con dos amigos. Y lo más importante: no tenía ni idea que una niñera lo iba a cuidar durante las siguientes cinco horas. En ese momento sonó la bocina de un auto. Los de la banda habían venido a buscar al payaso. Agarró su guitarra y, casi desde la puerta, llamó al hermano:

-¡Hache! ¡Me voy! ¿Podés bajar un segundo?

-¿Hache? - pregunté.

-Así le decimos...

Hache bajó junto con los amigos: una pendeja y otro nene. Cuando me vieron, no lo podían creer.

-Me voy al recital, ella se queda con ustedes, se llama... ¿Cómo te llamás?

-Cleopatra

-¿En serio? Bueno, Cleopatra se queda a cargo durante las próximas cinco horas. Háganle caso y no se manden cagadas.

-Pero... ¿Me estás cargando, Martín? ¿Una niñera? ¿Cómo vas a llamar a una niñera? ¡Estás en pedo! - dijo sorprendido y furioso el pendejo.

-Mirá, no tengo tiempo para discutir, me voy ¡Después lo hablamos! - y se fue a la mierda con su guitarra y sus ojos delineados.

El cuadro era bastante gracioso. Los tres pendejos estaban de pie, mirándome con una mezcla de sorpresa, frustración y enojo. Era cierto, estaban medio grandes como para llamarles a una niñera pero, al mismo tiempo, eran muy chicos como para dejarlos solos toda la noche.

-Bueeeno, no se pongan así. Hagan de cuenta que soy la hermana mayor ¿Eh? ¿Así se sienten mejor?

Silencio de muerte. Lo consideré una buena señal.

-Bueno, vamos a hacer lo siguiente. Vos - dije señalando a Hache - ¿Cómo te llamás?

-Ya te dijeron: Hache.

-Ese no es un nombre ¡Ya sé! Te voy a decir Hipólito, ése sí que es un buen nombre. Ahora, Hipólito, traeme lo más dulce que haya en la heladera.

-Pero...

-Vos, - señalé al amigo - cara de pollito mojado, traeme una almohada.

Los dos se miraron sin entender nada pero, al ver que hablaba en serio, se fueron a buscar las cosas.

-Y vos... - dije señalando a la pendeja

-Soy Sabrina - interrumpió - ¿Vos? Y no me digas que sos Cleopatra.

Su actitud me agarró de sorpresa.

-Soy Brenda, ahora traeme un...

-¿Y cuántos años tenés, Brenda? Parecés un poco "mayor" para estar trabajando de niñera.

Me tuve que tapar la boca para que no viera que estaba sonriendo ¡Había encontrado a mi versión infantil! La pendeja era de las mías, quizás hasta una versión mejorada porque tenía más estilo para vestirse: mucho color negro. Algo así como una onda darky pero ambigua e infantil, no como el payaso de la guitarra. En ese instante aparecieron los dos chicos con sus respectivos mandados. Hache traía helado y el amigo la correspondiente almohada. Ahora solo restaba prender la tele y pasar una noche de la puta madre.

-Bueno, niños, se han portado muy bien con su hermana mayor. Ahora ya pueden seguir jugando al papá, a la mamá y al hijo gay.

Los tres chicos se fueron frustrados a la planta alta. ¡Cómo les había arruinado la velada! Mi buena acción del día ya estaba hecha. Enseguida me tiré en el sillón y me puse a pasar los canales uno a uno: no había una mierda que ver. Al menos, el helado tenía salsa de frutilla. Estaba en plena faena cuando Sabrina bajó las escaleras y se sentó en una silla a mi lado.

-Che, Extraño Mundo de Jack ¿Qué hacés? -le pregunté.

-Nada, quiero quedarme acá.

Había resultado molesta la pendeja. Decidí no darle bola y seguí con lo mío. Sabrina no tardó en volver a interrumpirme.

-Así que estos son tus viernes a la noche...

-¿Cómo decís?

-Tirada en un sillón, tomando helado, mirando la tele.... supongo que no tenés novio ¿O me equivoco?

Yo no lo podía creer. Lo que estaba escuchando era de un material excepcional.

-¿Viste, Beetlejuice? Pero al menos yo no le tengo que pedir permiso a nadie para hacer esto. Igual, no te preocupes, un día vas a poder ver Los Padrinos Mágicos sin tener que preguntarle a tu mamá si te deja.

-El sarcasmo es el recurso de los cobardes.

-¡Qué lindo! ¿Eso aprendiste en el cole hoy?

-Estamos de vacaciones.

La pendeja me estaba ganando y yo necesitaba agua fresca. Me levanté para ir a la cocina y al instante ella también se levantó.

-¿A dónde vas? - me preguntó.

Eso me hizo sospechar. Parecía nerviosa. ¿Acaso se había sentado a mi lado para vigilarme? ¿Y qué estarían haciendo los otros dos?

-Iba a buscar agua pero ahora que me preguntás, prefiero ir arriba a ver qué están haciendo tus amigos.

-¡No! - exclamó casi gritando.

-¿No? ¿Por qué no?

-Porque...

-Hagamos una cosa: mientras vos inventás un buen motivo, yo subo y después me lo decís ¿Si? - y acto seguido subí por la escalera con cierto apuro.

Sabrina me siguió mientras gritaba "¡Cuidado, chicos! ¡Va para allá!". Eso me terminó de convencer de que algo muy malo estaba pasando. Crucé el pasillo prácticamente corriendo y entré a la pieza de Hache. Lo que vi era espeluznante: Además de los dos chicos había otro más. Un chico que estaba amordazado y maniatado, acostado sobre la cama, rodeado de elementos extraños, como de brujería.

-¿Qué mierda están haciendo?

Y no pude decir nada más. Recibí un fuerte golpe en la cabeza y todo se puso oscuro.

domingo, 1 de enero de 2012

Capítulo 3: Algo en la planta alta

Me levanté haciendo un increíble esfuerzo. Tenía la vista nublada, dolor de cabeza y además un mareo de la puta madre. Pero lo peor fue ver el tremendo charco de sangre que había en el piso. Era mi sangre. Me asusté. Era una cantidad realmente importante ¿Todo eso me había salido de la cabeza? Pensé que tal vez ya estaba muerta. Miré para todos lados buscando mi cadáver. No estaba. Todavía seguía viva. A medias, pero viva. Y mientras me acomodaba como podía escuché una voz que me hablaba:

-Ni se te ocurra dar un paso más porque te matamos.

Una pendeja como de 10 años me miraba amenazante mientras otro chico, más o menos de la misma edad, sostenía un enorme palo entre sus manos. Traté de estabilizarme mientras me invadía una sola pregunta ¿Qué mierda había pasado?

Ya sé, me estoy adelantando demasiado.

La gente que me conoce no puede creer que yo, justamente yo, trabaje de niñera. Cuando les digo que es porque me encantan los chicos, se me rien en la cara. Y tienen razón. No soporto a los niños. Ni a las nenas. Si fuera Presidenta del Mundo implementaría un sistema para dormirlos a todos en un limbo artificial hasta que cumplan 18. Pero no es así. Los chicos existen y yo tengo que cuidarlos si quiero llegar a fin de mes. Algunos de mis amigos suelen sugerirme otros trabajos supuestamente más "redituables", con "mayores posibilidades de progresar" y demás palabras de ese estilo que hacen que se me revuelva el estómago. Como soy una terrible vaga a la que no le gusta complicarse la vida cumpliendo horarios y usando uniformes, nunca les doy bola. Esa es la versión oficial. La versión real es un poco más complicada. Tan complicada que nadie me creería. Y como nadie me creería no se lo cuento a nadie. Es un secreto. Bah, no tan secreto: los chicos lo saben. Pero ellos están en la misma que yo: nadie les va a creer si lo andan contando por ahí. Entonces no nos queda otra que compartir el secreto. Un secreto raro, perverso. Si fuera al psiquiatra (otra de las grandes sugerencias de mis amigos) se lo contaría pero solo para obtener ansiolíticos recetados. A esto se ha reducido mi vida: a no poder compartir una situación espantosa (que muchas veces me supera) más que con los pendejos a los que cuido. Bueno ¿Y cuál es esa situación a fin de cuentas? (siempre quise escribir "a fin de cuentas"). Ya lo conté en el primer capítulo: soy cazadora de monstruos. Y sí, ya sé que lo que estoy diciendo es más ambiguo que la mierda "¿A qué le llamás "monstruos", Brenda?", me preguntaría el hipótetico psiquiatra "¿Fuiste manoseada por algún familiar cercano, Brenda?" seguiría. Y ahí lo mandaría a la puta que lo parió. Los monstruos no son una metáfora. Tampoco son violadores, ni asesinos seriales. Ni siquiera son rottweilers. Son monstruos reales. Me imagino la cara de los que están leyendo esto: "Esta mina estuvo fumando sustancias ilegales". En primer lugar, dejá en paz a mis sustancias, y en segundo lugar ¡Ah! ¿No me creés?¿Y qué tal si te hago una pregunta? Cuando eras chico ¿Pensabas que había un monstruo abajo de tu cama? ¿En el ropero? ¿En cualquier otro lado de tu casa? Si ¿Verdad? Yo, por ejemplo, creía que las paredes estaban vivas y conspiraban contra mí (ya sé, loca de mierda). Bueno, los chicos de ahora siguen creyendo en los monstruos. Pero algunos no creen, simplemente los ven. Otra vez me imagino las caras de los que leen: "Dejó las sustancias fumables y se pasó a las drogas de diseño". Sí, hacete el vivo nomás. Las cosas extrañas existen. Los monstruos existen. Hay sombras que se mueven. Criaturas horribles que salen de los rincones. Ojos que brillan en medio de la oscuridad. Y vos lo sabés, lo sabés perfectamente, aunque nunca lo vayas a admitir en público.

Mi cabeza aún goteaba sangre. La pendeja me dio un trapo para que me la envolviera. Era un repasador floreado de la cocina. Pensando que me caía, me senté en una silla a recuperar fuerzas. La pendeja me hablaba pero apenas captaba algo de lo que me decía. En realidad, no entendía una mierda de lo que estaba pasando. Traté de recordar que estaba haciendo ahí. Hacía un par de horas había sacado un murciélago de mi departamento ante los gritos histéricos de Valeria. Bien, de eso me acordaba perfectamente, pero ¿qué más? La cabeza me daba mil vueltas. Era peor que una resaca. Cerraba los ojos y me mareaba todavía más. Pero entonces me acordé. Todo estuvo clarísimo. Me levanté de un salto. Tenía que ir urgente a la planta alta.

-Epa ¿A dónde vas? Nooo, sentate ahí, flaca.

La forma en que me hablaba la pendeja casi me hacía reir. Solo le faltaba decirme "bitch". El chico se acercó dispuesto a darme otro golpe con ese increíble palo que tenía. Se lo saqué con un rápido movimiento. El pendejo no lo podía creer.

-Vos jugabas con barro cuando yo ya jugaba al Mortal Kombat 3 - le aclaré.

Pero la pendeja no se andaba con vueltas. Sacó un brillante cuchillo, filoso e intimidante, y me lo acercó al cuello al tiempo que decía:

-Estuvimos planificando esto durante semanas. No vamos a permitir que una niñera nos arruine todo ¿Está claro?

Y sí, para mí estaba clarísimo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Capítulo 2: (In)felices fiestas

Mi primer encuentro con lo paranormal fue a los 14 años. Era la época de las fiestas, concretamente, el último día del año: 31 de diciembre de 2005. Mientras mis "amigos" (en realidad, simples compañeros de escuela) planeaban juntarse en la casa de uno a celebrar el año nuevo haciéndose los Isidoro Cañones a base de alcohol y tabaco, yo estaba tirada en mi cama disfrutando una de mis actividades preferidas: mirar el vacío. Eran como las 3 de la tarde. Por las calles del barrio sonaban las bombas y los petardos de los mismos boludos ansiosos de siempre. El clima de fiesta, de verano, de vacaciones y de hormonas desenfrenadas, lejos de animarme, me aplastaba todavía más. No había sido una semana fácil: mis viejos habían tenido su enésima pelea y ésta vez la cosa había terminado con sendos momentos de violencia gráfica. El clima en mi casa era decididamente espeso. Pero no me autocompadecía. Para nada. Lo único que quería era estar tirada en mi cama sin que nadie me rompiera las pelotas.
Me acuerdo que ese día hacía bastante calor y por eso había puesto el ventilador apuntándome directamente a todo lo que daba. Estaba ahí, inmóvil, mirando la nada, en pleno silencio, sin siquiera escuchar música cuando ocurrió. Una sensación de ahogo se apoderó de mí. Quise levantarme y al ver que no podía me di cuenta de lo grave del asunto. Quería sacudirme, tirarme al piso, lo que fuera con tal del liberarme de ese horrible estado pero lo único que conseguía era emitir un raro gemido. Ni siquiera podía gritar. Parecía como si algo me estuviera sujetando contra la cama. Estaba prisionera, prisionera de algo que no me dejaba moverme, ni gritar, ni nada. Ya había experimentado esa sensación mientras dormía (parálisis del sueño le llaman) pero ahora estaba absolutamente despierta. Me desesperé. En un momento llegué a pensar que era mejor estar muerta antes que soportar esa mierda. Es más, ya no era "algo" lo que me sostenía.... era "alguien". Podía sentirlo. Podía respirar su aliento. Quería llorar, gritar, morder y no podía. Estaba en plena lucha inútil, tratando de liberarme, cuando surgió ante mis ojos lo más increíblemente horrible que nunca antes había visto. Un rostro. Un rostro fantasmal, pero no blanco ni transparente como en las películas; no, éste era negro, con una boca que parecía una caverna, con ojos malignos, con un montón de detalles infernales. Lo miré totalmente aterrorizada (pero siempre sin poder gritar) , a centimetros de mi cara y al instante estuve segura de que esa cosa me iba a matar. Él también me miró. Parecía sonreir. Fueron segundos interminables. Sentí como se tragaba mi aliento, cómo se llevaba mi vida. Cerré los ojos. No podía soportar su visión. Quería convencerme a mí misma de que tan sólo era una pesadilla. Grité la palabra "mamá" péro lo único que salía de mis labios seguía siendo ese absurdo gemido. Entonces, así como había venido, aquella terrorífica bestia se fue de mi vista sin dejar el mínimo rastro. Enseguida recuperé el movimiento. Me senté en mi cama. Estaba agitada. Me faltaba el aire. Todo lo que había visto hacía unos minutos se me hacía imposible. Pero sabía que había sido real, más real que la mierda. Grandes gotas de sudor caían desde mi frente hacia el piso. Mi corazón saltaba como loco. Por un instante casi cedí a la tentación de contárselo a alguno de mis padres pero reaccioné a tiempo: no me iban a entender, o si me llegaban a entender, no les iba a importar un carajo. Entonces hice lo que siempre hago: guardármelo bien adentro.
Esa noche brindamos y nos dijimos "feliz año nuevo". Mi hermano había llevado a la novia. También estaban mis abuelos y un par de tías con mis primos. Traté de poner mi mejor cada de felicidad pero creo que todos se dieron cuenta que era más forzada que la mierda. Solo tenía una cosa en la cabeza: el extraño suceso de las 3 de la tarde. En ese momento no tenía idea que el nuevo año (y todos los que vinieron después) traerían peores cosas.